martes, 31 de agosto de 2010

DETENCIÓN DE DOS ANCIANOS EN UN ASILO DE MADRID


Saltando de ciudad, y tomando la N-3 llegamos a Madrid. Acaba de sorprendernos la noticia salida desde el antiguo Asilo de las Hermanitas de los Pobres, en la calle del Dr. Ezquerdo de Madrid, y hoy controlado por el Comité del Pacífico y regentado por Mateo Prada Bravo. A medio día de hoy, 30 de agosto de 1936 se han llevado dos ancianos asilados. Según el director del centro“se presentaron unos milicianos entre los que se encontraba Enrique Garcilópez, diciendo que tenían una denuncia contra dos señores acogidos en el referido centro. Denuncia que cree pudiera haber tenido su origen en alguno de los ancianos acogidos al benéfico establecimiento … que se encontraban los referidos señores en la enfermería y que después de un breve interrogatorio, se los llevaron, según ellos, a la Comisaría, sin haber tenido ya más noticias de los mismos”. (Declaración de Mateo Prada. Madrid a 2 de julio de 1939 en Expediente Sumarísimo de Madrid nº 32144, fols. 3-4: Archivo General del Ejército. Madrid).

También la Matilde Etienne, una de las monjas francesa que dirigía el centro nos escribe y nos da algunos detalles, así como la identidad y profesión de ambos ancianos: “el [25 de agosto,] día de S. Bartolomé, los Comunistas se incautaron de la casa y …unas de las cosas que hicieron fue de hacer unos interrogatorios a los pobres ancianos, uno por uno y con muchas amenazas así que cuando llegó el turno al Reverendo Padre [Antonio Girón] asi que como al Reverendo Padre Requejo, Lazarista, que estaba también en el Asilo desde hacia ocho días, no pudieron negar que eran sacerdotes y se denunciaron ellos mismos. Fue delante de nosotras que dijeron a los Comunistas que eran religiosos, y entonces los llevaron los dos. Esto fue el domingo 30 de agosto, al medio día. Ellos no sabían ni uno ni otro que estaban en casa y fue solo en este momento que los dos se vieron y se conocieron, los teníamos separados para evitar y disimular más con los ancianos. Los llevaron en autobús a su comité que era creo en el Pacífico. Entonces yo les dije porque los llevaban que no hacían ningún mal, que eran ancianos, y que estaban en el Asilo porque ellos los habían echado de sus casas y que estaban aquí como pobres asilados. Me respondieron que aquí los comprometían, que los llevaban al Comité pero que no les pasaría nada. El Padre Requejo pidió para ir a buscar los zapatos que había dejado a la enfermería y le respondieron que no los necesitaba. Entonces esto nos dio muy mal espina… [Después] Preguntamos por ellos, y nos dijeron que estaban en la cárcel pero uno de ellos, yo no me recuerdo quien, fue que dijo que por la noche los habían fusilados en las tapias del hospital de S. Juan de Dios, y nos dijeron también que iban rezando y que se dieron la Absolución uno a otro en el mismo coche. Quien los llevo fue el jefe de la banda entonces un tal “Santiago” hermano de “León”, un “Garci López” este último, era entonces jefe del Comité, y fue el que insistió para que los fusilaran.” (Carta de M. Ettienne al P. Lucas Pérez. Talavera de la Reina (Toledo) 17 de junio de 1944: APRM, Mártires Sig. 1102105).

Esperaremos en que para este asunto.

lunes, 30 de agosto de 2010

EL MENDIGO DE CRISTO- 2ª parte

Enterrado el P. Pedro Romero, Gabriel Lozano se puso a escribir a los redentoristas. Carta que no llegará hasta que no salió de la cárcel:

Gabriel Lozano, profesó como Hermano Coadjutor Jesuíta al terminar la guerra civil.
"El año 1938, no tengo presente la fecha, hacia fines de mayo, llegó el Padre Romero a la prisión de las Descalzas con una blusa oscu­ra, el paraguas, una bolsa con ropa, una manta, sus libros, dos o tres crucifijos, rosario grande y chico, y con los ojos bañados en lágrimas, que corrían hasta el suelo; en seguida me precipité para saludarle y consolarle ensu profunda amargura, y me correspondió al punto con una agradable sonrisa, tranquilizán­dose mucho; le invité a mi departamento, con el fin de asistirle en cuanto pudiera, pero como éramos cuarenta los que allí per­noctábamos, dijo prefería un sitio aislado; y, en efecto, lo tras­ladé a una habitación que nadie ocupaba; le preparé una cama en el mullido suelo, un saco con paja, dos mantas y la suya, con 1a bolsa de ropa para almohada, para que descansara y le ofrecí algún alimento; dijo que sería mejor después; pero me fui a buscar un vaso de leche y se la di y pasé la tarde con él para distraernos y darle ánimos; y en este y otros ratos estuvimos hablando... Como la comida que daban en la cárcel le sentaba mal, tuve que pedir limosna a señores muy pudientes, como don Julio Izquierdo, Jefe Ingeniero de Montes; don Rafael Ripollés, Arquitecto de la Casa Real; don Trifón Beltrán, Vica­rio capitular; don Ramón Melgarejo, Marqués de Melgarejo; don José Echevarría, don Felipe Quintero, médico dentista, y otros, que les llevaban comida de fuera; pero como habían sido des­pojados de todo, vivían de la caridad; pero para lo poquísimo que tomaba el Padre Romero no faltó. Todo el día lo pasaba en fervorosa oración, ya con el rosario, ya con el Kempis, que me prestaba, ya con el rezo del breviario y con mucha meditación. También oía algunas confesiones y daba muy buenos y prove­chosos consejos. Yo de cuando en cuando le mullía la cama, la­vaba, fregaba, etc. Fue acometido de disentería; mucho padeció en estos días y estas noches, pero sin dejar su profunda oración; y ya tuvo tal debilidad, que los servicios se los hacía yo... Un día o dos no pude asistirle; cuando volví era un cuadro triste y compasivo; lo cubría una plaga de moscas en aquel ambiente infecto; su aspecto era lo más alarmante y casi agónico: pude notar que hacía algunas jaculatorias. Yo le pregunté:
-¿Cómo se encuentra, Padre?
-Ya lo ves-me respondió.
Hice por levantarlo; con esfuerzo se puso en pie, y envuelto en una manta y apoyado sobre mí, lo llevé a un cuarto solitario donde lo lavé de pies a cabeza, lo mudé y vestí, y como yo iba teniendo buena fama en la prisión, me dispuse a pedir utensilios para el Padre: conseguí habitación decente, cama, colchón, almohada, sábanas; después dé acostado abrió los brazos indi­cándome que me acercara y me dio un abrazo prolongado y fuerte con repetidos ‘¡Dios se lo pague! ¡Dios se lo pague!’.
Salí por la prisión a pedir alimentos; me dieron leche, hue­vos, azúcar, café y de todo; pidió el crucifijo y el rosario; tomó alimento y rezando el rosario se durmió; después tuve que qui­tar las sábanas y poner otras y
parte de la ropa interior; mejoró y llegó a levantarse para hacer sus devociones; en estos días llegó la notificación de su libertad y se puso muy contento di­ciendo que se iba; pero se la anularon, causándole honda pena; pero de nada se quejaba; finalmente se le presentó la enterocolitis ... Yo lavando de día y de noche; él no dejaba el rosario y el crucifijo; ya no tomaba alimento; sólo repetía: "¡Agua fres­ca! ¡Agua fresca! "Jesús, José y María!". Como ya no podía que­dar solo y yo estaba rendido, le hizo compañía por las noches un padre agustino de Zamora, llamado Padre José; un paisano mío de Rubielos y don Trifón. Viéndole tan grave, le dije yo: -Padre, ¿se acuerda de Dios, de la Virgen, de la otra vida y de la cuenta que hemos de dar a Dios? Y me respondió, con los ojos fijos en el crucifijo que tenía en las manos: -¡Cómo no; habiéndolo predicado toda la vida a los demás! Después le dije:
-Padre, acuérdese de mí delante de Dios
- ¿Qué quieres?
- Salir de la cárcel si me conviene.
-Pronto saldrás.
-Y mi salvación eterna.
Y con la cabeza me dijo que sí. A continuación indicó a don Trifón cómo quería que sus cosas se las entregara al Padre Superior cuando salieran de la prisión. Y luego me dijo:
-Y para ti este reloj y el crucifijo pequeño.
Y ya no habló más; entró en la agonía. Llamé a don Trifón, que le leyó la recomendación del alma; le pusieron dos inyec­ciones de aceite alcanforado... Levantó los brazos y, conociendo yo su deseo me acerqué a él; me abrazó fuertemente y así ex­piró en breves momentos. Esto fue por la noche; le amortajamos entre el Padre agusti­no, Luciano Checa y yo, y lo velamos. Al día siguiente los señores antes mencionados me dijeron que encargase caja por cuenta de ellos... Cuando vinieron por el difunto me dieron permiso para acompañarle hasta la vía pública. Así con­seguí la primera petición que hice al recordado Padre Romero; y la segunda es la fuerza oculta y misteriosa que me pone y me sostiene en este camino.
Her­mano Lozano."

domingo, 29 de agosto de 2010

EL MENDIGO DE CRISTO


En los listados de Personas que estuvieron en la Cárcel de Cuenca por motivos ideológicos (Causa General de Cuenca, Leg. 675, Exp. 2, pp. 7-39) en el número 1316 (p. 26) leemos “Pedro Romero Espejo, Ingreso: 6-6-38 / Salida: 4-7-38 / Observaciones: Fallecido”. La figura de un hombre alrededor de los 70 años, extremadamente delgado, con aspecto de cara dura y vestido con una sotana raída, representa cadáver ante los responsables de la cárcel. El médico certifica su defunción causada por una “enteritis tuberculosa” (Cf. Acta de defunción, Reg. de Cuenca, Sec. 3ª, T. 44, F. 300, Nº 599; pero a la hora de hacer su registro nadie sabe dar razón de su identidad. Trabajadores de la cárcel dicen que lo han visto vivir en medio de las calles de Cuenca con un libro en la mano, la sotana raída y un rosario. Que vivía de la caridad, se alojaba debajo del puente como cualquier mendigo, y que rezaba y mascullaba rezos debajo de los árboles del parque. Otro empleado comenta que la policía lo trajo a la Cárcel abierta en el Monasterio de las Descalzas por rezar por la calle el rosario y libros de rezos y porque los niños le tiraban piedras al verle hacer esas cosas. Uno de los funcionarios recordó que hombre de Rubielos Bajo lo acompañaba. Buscado este dijo llamarse Gabriel Lozano, y que el difunto era el P. Pedro Romero Espejo, del Convento de los Redentoristas de San Felipe de Cuenca. Que le conocía desde hacía años, pues había acompañado al Sr. Obispo de Cuenca hasta su pueblo en la Visita Pastoral. Pidió le dejaran amortajar el enjuto cadáver con la sotana, cosa que le permitieron.

Mientras lo amortajaba pudo recordar lo que el propio P. Romero le contó de su vida desde que salió del convento: “cómo salió del Convento de San Felipe por obediencia y se refugió como anciano en el Asilo de las Hermanitas de los Pobres. Allí pasaba inadvertido entre los ancianos y además podía celebrar misa. Pero como le pesaba la conciencia estar escondido en aquel paraíso mientras en Cuenca se necesitaba más que nunca la ayuda sacerdotal; por esa razón desafiaba el peligro, salía a la calle atendiendo la llamada de quienes le reclamaban para atender enfermos, oírles en confesión, dar la comunión … Cómo el Asilo de las Hermanitas quedó bajo el control de los milicianos en agosto de 1937 y él fue a refugiarse a una casa amiga; allí iban a buscarle hasta que fue delatado. En el Gobierno Civil lo trataron con corrección y quedaron impresionados de su coherencia, por lo que lo incluyeron en la Asistencia Social y lo internaron en la Beneficencia. Allí no podía aguantar las blasfemias y los ataques a Dios, por lo que decidió salir de allí. Le ofrecieron sacarlo de Cuenca, pero lo rehusó. Comenzó a vivir en medio de la calle, con la cruz al pecho descubierto, el rosario en la mano y el breviario debajo del brazo, como un misionero mendigo. No quiso desde ese momento comprometer a personas caritativas que le ofrecían techo; no quiso someterse a controles; quiso vivir su consagración misionera como un claro signo de fe en medio de una ciudad en la que habían desaparecido los signos religiosos. Él que no pudo ser misionero en los momentos más fáciles por su conciencia estrecha y sus pocas cualidades para ello, lo fue en los momentos difíciles en que la Iglesia había pasado a las catacumbas. Su edad y su aspecto pordiosero fueron sus aliados. Y por ser misionero en la Cuenca de la persecución religiosa su salud se agravó y sus huesos terminaron en la cárcel, donde a los pocos meses de ingresar pudo celebrar su perseverancia en la vocación recibida.

martes, 17 de agosto de 2010

PERSONAS PELIGROSAS


Imagen de un listado de la Causa General de Cuenca (A.H.N.) donde aparecen


Desde el 30 de julio al 10 de agosto murieron 5 redentoristas de los seis candidatos al martirio. Sus nombres figuran entre las 15 personas que primero murieron en la pequeña ciudad castellano-manchega. De esas 15 personas 3 son seglares y el resto eclesiásticos.

Ante estos datos cabria preguntarse el por qué. ¿Que vieron en aquellos 5 hombres para buscar tan rápidamente su muerte? ¿Fue su filiación política? Difícilmente; no eran personas afectas a partidos políticos; es más, los afectos políticos de alguno de ellos como el P. Gorosterratzu estaban cercanos al nacionalismo vasco, socios del gobierno republicano. ¿Podría ser por su importancia como figuras eclesiales destacadas? Ciertamente podría darnos la impresión que los milicianos creyesen que en jerarquía eclesiástica fuesen detrás del Sr. Obispo y por ello murieran detrás; pero y los PP. Goñi y Olarte, buscados a plena luz del día y antes que matasen al Obispo y a las grandes dignidades. Por otro lado, no eran estas cinco personas lo que podríamos llamar líderes arrolladores de masas que temieran los de ideas contrarias: de los cinco uno, el P. Julián Pozo, era enfermo agudo crónico, que apenas tenía relación con la ciudad; otro, el P. Miguel Goñi, era enfermo crónico cuya tarea era la predicación y la confesión en la iglesia; otro, el H. Victoriano, era tremendamente tímido y llevaba una vida sencilla de oración y trabajo en la portería y sacristía de San Felipe; el P. J. Xavier Gorosterratzu empleaba su tiempo en el estudio, en la atención de monjas y en la dirección espiritual; únicamente el P. Ciriaco Olarte daba grandes campañas misioneras, pero llevaba poco tiempo en Cuenca, y de este, la mayor parte estaba fuera en misiones; tampoco este era una persona destacadamente peligrosa.

Creo humildemente que el peligro de esas personas era el testimonio que la Comunidad Redentorista de San Felipe daba en Cuenca, con estos o con otros religiosos. El testimonio nacido de su consagración misionera a Cristo Redentor; de vivir e irradiar únicamente a Cristo, y un Cristo que se entrega por amor. En Cuenca era conocida aquella iglesia por el testimonio misionero de la comunidad que la atendía. Y esa valentía del misionero por vivir y anunciar el Evangelio le lleva a afrontar el horizonte de su vida desde el martirio; el martirio es el voto de perseverancia que hacen los Redentoristas, vivido en condiciones complicadas.