domingo, 28 de noviembre de 2010

LA EXPERIENCIA DE UN SACERDOTE REDENTORISTA EN MEDIO DE LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN MADRID

El 19 de Julio del 36, comenzó el bombardeo del Cuartel de la Montaña; a las 3 ½ de la mañana, considerando gravísima la situación, me vestí rápidamente y con el mayor sigilo me subí a la torre desde donde pude observar las evoluciones de las aeroplanos y el humo que producían las bombas destructoras.
Desde ese momento para mí estábamos ya en plena revolución. En efecto, a los 3 días, después de tomar las medidas que los superiores juzgaron oportunas respecto de las personas y cosas de la casa, abandonamos el convento. Yo dije la última misa, que terminé entre sollozos y lágrimas al igual de los asistentes. Como había un copón lleno de sagradas formas y yo no podía consumirlas todas, pues pasaban de 500, les advertí el peligro en que nos hallábamos de ser profanado el Ssmo. Sto. y les exhorté a que se portasen como los mártires en las persecuciones; di la sagrada comunión que por última vez se repartiría en nuestro Santuario del P.S. Sacarían fuerzas para resistir todas las pruebas por difíciles que fueran. Al decir “la sagrada comunión que por última vez se repartiría…” prorrumpieron en sollozos y lloros tan fuertes que me conmovieron; y sin poderlo remediar tuve que continuar entre lágrimas, exortándoles a la conformidad con la voluntad de Dios y a la constancia en la oración a nuestra madre del P.S. Terminada la misa me despedí del P.S. diciendo por última vez a la virgen “Madre mía, tuyo es; guárdalo y socórreme a mi y a los míos. Adiós”.

Un hecho de suma importancia y gran sentimiento para nosotros tuvo lugar estos días de agosto de 1936, y fue la muerte de D. Lino Vea Murgía, nuestro amigo. Pocos días antes de su muerte fui a su casa y les confesé a todos, más al poco tiempo recibo la noticia del crimen de la siguiente manera: “El portero denunció todo lo que sabía, lo cual redunda en beneficio y gloria del finado; al saber que era sacerdote, que había tenido en su casa frailes… una tarde subió al piso en compañía de varios milicianos y llamó a la puerta; mas al preguntar quien era, respondió: “habra V. señorito, que soy yo”, y detrás de él pasaron varios desgraciados que le conminaron a que les siguiera, pues tenían que hacerle algunas preguntas en Bellas Artes, acerca de algunas denuncias recibidas” . Como Dª Trinidad quisiera oponerse le atajaron diciéndole, “quede tranquila Señora, que una vez terminado el interrogatorio se lo devolveremos a su casa”. Lo que pasó; que lo hallaron junto a la pared del cementerio asesinado vilmente. Fue a reconocerlo un tío suyo, cuyo sobrino estuvo conmigo en la cárcel, quién me contó estos y otros detalles.

Otro hecho más consolador que el anterior tuvo lugar el día 8 de Septiembre, para mí de grata memoria. ¡Jamás lo olvidaré! El día 7 por la tarde (al anochecer) me llama la Superiora de los Sagrados Corazones de Fuencarral que vivía en el piso contiguo y me dice muy despacito y en silencio… “me han traído varias formas consagradas para comulgar mañana… ¿quiere V. una?”. “Sí, madre, le dije, Dios le premiará acción tan hermosa y le quedaré siempre agradecido!”. A los pocos minutos ya era yo dueño de tan codiciado tesoro. ¡Oh qué dicha la mía! Imposible descubrir la alegría que inundaba mi alma, al poder estrechar contra mi corazón a Jesús Sacramentado! Lo llevé a mi habitación; lo coloqué en un vasito y de rodillas en su presencia me desahogué a mi gusto. ¡Con qué fervor se pide en esos momentos considerando por una parte la muerte próxima que me esperaba y por otra el amor infinito de Jesús que quiere ser mi compañero, mi viático en el viaje que dentro de poco he de hacer hacia su Reino…!
Deseoso de hacer bien a las chicas que me servían les dije si no tendrían el gusto en comulgar conmigo, aprovechando esta ocasión que quizá no tendríamos ya en este mundo otra semejante. Ellas me contestaron que con gusto comulgarían, pero como hacía ya algún tiempo que no se confesaban por estar cerradas las Iglesias, no lo harían bien. “No os apuréis, les dije, yo os confesaré y ya veréis cuan dichosas sois teniendo a Jesús en vuestro corazón”. En efecto, preparamos lo mejor que pudimos todo lo necesario para el caso; y a la una de la noche, cuando todo estaba en silencio, mientras una velaba ante el SSmo. la otra se confesaba.

Terminadas las confesiones nos retiramos a una habitación más interior. Allí los tres solos con Jesús Sacramentado y en medio de un silencio sepulcral comencé la preparación para la Santa Comunión. Les recordé la comunión de los mártires en las catacumbas; la dicha que teníamos de poder recibir a Jesús, favor que no tenían la casi totalidad de los perseguidos; todo en voz baja; y haciendo buenamente los actos preparatorios, dividí la Sagrada Forma y comulgamos los tres. ¡Qué momentos, Dios mío, tan solemnes, acrecentados por el silencio de la noche! ¡Mientras los hombres dormían, Jesús velaba con nosotros! Di gracias, y después de exhortarlas a la confianza en Jesús que no nos abandona en tan críticos momentos y a nuestra Madre del P.S., les mandé ir a descansar tranquilas. Jesús y María están con nosotros, nada tenemos que temer.
Entre tanto, yo, con ojo avizor observando cuanto hacían con nuestra Iglesia y convento. A los 4 ó 5 días me dijeron que la FAI se incautaba del piso del P. Barrón y que pondrían en él sus oficinas, por tanto tenía que abandonar mi escondite y buscar otro ¿Dónde encontrarlo? Escribí varias cartas pero… nadie se atrevía a cargar con estorbo tan comprometedor. Yo comprendo que tenían razón, pero ¿cómo salir del apuro? De nuevo acudí a la oración y de nuevo Jesús y María vinieron en mi ayuda. Se confesaba conmigo un niño y a él acudí, sin sospechar siquiera el resultado de mi demanda. Efectivamente, apenas recibieron mi carta, vinieron a buscarme. Yo les dije que esperasen siquiera al día siguiente, pero nada; se empeñaron en que tenía que salir de allí aquella misma tarde y … juicios de Dios! En mi nueva residencia pasé un mes relativamente tranquilo. Después de comer hablaba durante tres cuartos de hora de cosas espirituales con gran contento de todos y por la noche rezábamos en común el Santo Rosario y otras devociones; además, en particular yo hacía mis ejercicios lo mejor que podía. Así pasaba el tiempo… cuando la noche de Santa Teresa (a eso de las 2 ½) sonó el timbre y no hubo más remedio que abrir la puerta a varios policías y milicianos. ¿Por qué nos prendieron? Pues sencillamente porque no pertenecía a la CNT; además era sospechoso pues me exigían ciertos papeles que sabían muy bien no podía tener. En fin que nos llevaron a la Checa al hijo del Señor y a este pobre religioso, entonces profesor de música. Ya en aquel antro de forajidos y después de tomarnos todas las declaraciones que quisieron, nos metieron en un sótano. Al tercer día nos llevaron a un tribunal. Cuando me tocó la vez pasé y me dijo de buenas a primeras “Mira, digas lo que quieras, no te voy a creer”. “Pues se podía V. ahorrar las preguntas”, le contesté, “pero yo le prometo decir la verdad aunque V. no me crea” “Pero que si quieres, las mismas preguntas de todos y las mismas respuestas…” “Pues a la cárcel hasta que demostréis que sois afectos al régimen”, y aquella misma noche a la Cárcel Modelo.

Llegamos a las 5 tarde y después de interminables interrogatorios nos designaron calabozo a eso de las 11 (sin cenar por supuesto) en donde sentado en un hierro y con la cabeza apoyada en la pared pasé no solo aquella sino muchas noches, rendido de cansancio y sueño y sin poder descansar ni un minuto. Gracias a Dios lo sufría todo con mucha paciencia y hasta con alegría, considerando que era Dios nuestro Señor que se valía de los rojos para purificarme de mis muchos pecados. No es para describir lo que se oía y decía en la cárcel; echaremos un velo, digo mal; haremos una fosa profunda y enterraremos en ella esos mismos para que su hedor no nos envenenen y muramos de asco. Allí de comida se reducía a un cazo de garbanzos con arroz y un pedacito de tocino; por la noche lentejas y a excusar.

De día bajábamos al patio por unas escaleras de hierro que más de una vez caímos volando. El calabozo inmundo, en todo sentido y basta; (6 pies de ancho y 16 de largo, y allí estábamos 6, 8 y hasta 10 hombres). Desde allí presenciábamos los combates aéreos. Desde allí veíamos luchar a los mostruos por el parque del Oeste; desde allí escuchábamos las descargas que sobre los pobres presos hacían los rojos cada vez que los nuestros les daban una paliza en alguno de los frentes; pues para vengarse de sus derrotas iban a la cárcel y sacaban 300, 500 ó 600, las que querían y luego los asesinaban vilmente. Así pasó con mi paisano el P. Zarco y otros conocidos. ¿Cómo podíamos dormir en medio de tantos sobresaltos y crímenes? ¿Cómo poder descansar teniendo siempre, de día y de noche presente al miliciano con la pistola en la mano, dispuesto a asesinarnos al menor desliz?

Por fin llegaron los nuestros a la vista de Madrid y como todos saben los durísimos combates habidos en las puertas de la capital no me detengo a referirlos; sólo les digo que en la cárcel eran todos estos días de gran confusión; caían bombas por todas partes, delante de mí cayó una que gracias a Dios no me hizo nada, aunque mató a varios de mis compañeros de desdichas. Nos metieron en los sótanos y aún allí nos seguían las granadas; cunde el pánico por todas partes; los centinelas tiran el fusil; el cabo responsable llama a los rojos para que recojan a los muertos y heridos pero nadie le obedece; entonces un cabo responsable, haciéndose cargo de las circunstancias, dice a gritos… “Aquí no tendremos más remedio que gritar ‘Viva España’ y ‘sálvese el que pueda’”. ¡Textual! ¡Cómo andaría el fregado! Viendo los directores que no podíamos vivir allí (pues había corrido la voz de que los carabineros irían a tomar posesión de la cárcel, motivo por el cual los nuestros bombardeaban con tanta intensidad) determinaron sacarnos; pero era de tal magnitud la confusión que ni en la torre de Babel hubo cosa semejante. Por fin a las 11 de la noche, después de un sin fin de órdenes contradictorias nos distribuyeron y a mí me tocó en suerte la cárcel de S. Antón; en donde de nuevo volví a encontrar al P. Ibarrola. Digo de nuevo, porque ya en la Modelo nos reuníamos los tres: Tellería, Ibarrola y este servidor; allí nos confesábamos en los patios como Dios nos daba a entender y aquí hacíamos los propio; pero el P. Tellería había marchado antes y nada supe de él sino mucho tiempo después.

En la cárcel S. Antón llevamos una vida semejante a la anterior. Allí me encontré con muchos conocidos. Por fin en la novena de la Inmaculada (que por cierto la hicimos juntos el P. Ibarrola y un servidor) se formaron varios tribunales para juzgarnos a todos los presos. Esta vez me tocó en suerte un señor bastante correcto; las preguntas no obstante como los anteriores, mas viendo que el no tener carnet de la C.N.T. no constituía delito , como tampoco las demás acusaciones me preguntó muy agudamente y con presteza: “¿Es V. Católico?” A lo cual contesté con un “Si, Señor; y si por ser católico merezco dos tiros ya me pueden fusilar, pues de estas ideas no he de apostatar…”. Viendo mi entereza, dijo: “No, señor. Si por ser católico no matamos a nadie… bueno, puede V. retirarse”. A los pocos días salía de S. Antón y volví a la casa en donde me habían cogido preso; pero de poder vivir allí y no encontrando un sitio siquiera medianamente seguro esperaron a dar los pasos para conseguir la entrada en una Legación. De nuevo acudimos a la oración fervorosa y una vez más fuimos escuchados por Jesús y María. Se diría que Dios nuestro Señor se había propuesto probarme visiblemente la eficacia de la oración en tantas ocasiones cuantas veces había acudido a Él, y esto a pesar de mis muchas infidelidades en su santo servicio, en la observancia regular. ¡Sea por siempre bendito y alabado el Santísimo nombre de Jesús y María que tantas maravillas obra a favor de los que con fe, confianza y amor lo pronuncian!

Un sin fin de dificultades ponían a los que pretendían entrar en alguna Legación o Embajada. Y tan es así, que a pesar de tantos pasos dados para lograrlo, parecía que se nos cerraban todas las puertas; máxime no teniendo el dinero con el cual muchos habían logrado su intento. Así las cosas, un día tropezamos con el encargado de la Embajada de Guatemala, un señor que había conseguido muchos miles de dineros por la buena (o mala) maña que se había dado en solucionar los muchos negocios llegados a sus manos. Pues bien, al decirle que se trataba de un religioso sin influencias y perseguido por los rojos, Dios nuestro Señor le tocó el corazón, y en dos o tres visitas quedaron allanadas las dificultades y admitido este su servidor en la Legación de Guatemala (hoy anexo de Chile, por razones que ya saben). Allí mi vida, aunque con más libertad al parecer, que en la cárcel, no estaba menos expuesta por la continua campaña que en contra nuestra hacían a diario todos los periódicos. De ahí los asaltos a las Legaciones; de ahí la privación de alimentos, cartas, visitas …

Con la vida pendiente siempre de un hilo y la confianza puesta en Dios (esto siempre) viví un año en la Legación. Cada vez más amenazados y cada día menos alimentos, hasta llegar a darnos por comida un puñado de algarrobas cocidas con agua sola y con más tierra y cantos que semilla, y por la noche una pequeña cebolla cocida igualmente con agua sola. Viendo los señores Embajadores que así la vida era imposible, se pusieron al habla con el Gobierno de Valencia – Barcelona sucesivamente; y después de varios meses de discusiones, … lograron la evacuación de los señores mayores de 45 años que no fueran militares.

Era condición absolutamente necesaria que cada señor pusiera su verdadera profesión; por eso a continuación de mi nombre y dos apellidos añadí, profesión Religioso redentorista; residía en Manuel Silvela 12, Madrid. Con un fardo de documentos de todas las autoridades rojas, Embajadores… salí de Madrid el día 1 de enero de 1938; hice el viaje todo por tierra, con el itinerario siguiente… Madrid – Valencia – Barcelona – Porlian – Cervera (ya Francia) – Carbona – Tolosa – Torbes – Po – Bayona – S. Juan de Luz – Fuenterrabía. Esto sin contar las poblaciones intermedias como Tortosa, Tarragona, Gerona… Pero de donde conservamos recuerdos dignos de mención es de Francia; pues en todas las poblaciones fuimos recibidos con singulares muestras de aversión; sobre todo en Cervera y en S. Juan de Luz. Todo su afán (de los comunistas) era de armar líos para que nos volviéramos a la zona roja y nos fusilaran. Así lo manifestaban por señas.

Por fin tomamos el auto y a la frontera. Aún allí no nos querían dejar pasar. Vino un policía nuestro y uno a uno, andando, cruzamos el puente internacional. ¡Qué diferencia de trato! ¡Qué muestras de cariño de todos para todos! Saludos… acompañados de bocadillos, café con leche…; “¡Viva Cristo Rey, que quieran o no quieran, ha de reinar en España!”… Llegamos a Fuenterrabía y después de cumplir ante las autoridades nuestros deberes de evacuados me dirigí a Pamplona, en donde ya entre los míos comencé el descanso de alma y cuerpo de que tan necesitado me encontraba. Bendito sea Dios y Bendita la Madre del P. Socorro, que ni un solo momento me abandonaron en este año y medio de vida tan azarosa!

¡Socórreme, Madre mía, y no me abandones! Le dije al tener que abandonar nuestra Iglesia y Convento de Madrid, y cuan bien ha cumplido la Virgen conmigo este ruego que le dirigí con todas las veras de mi alma. ¡Quiera esta bondadosa Madre concederme la perseverancia de un verdadero redentorista para cantar en el cielo las misericordias que ha usado conmigo.

Ladislao Díaz. C.SS.R.
(Ladislao Díaz Huélamo, C.Ss.R.. Memorias de los meses pasados en Madrid durante la persecución religiosa de 1936-1937. Enero – febrero de 1938: Original en APRM., XIX, 1b. 34 pp.)

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